Ser Luz

octubre 7, 2017

La luz es una de las más admirables creaciones de Dios. La luz fue creada por la palabra de Dios el primer día de la creación cuando él dijo: “Sea la luz; y fue la luz” (Génesis 1:3). Del Padre celestial se dice que “es luz” (1 Juan 1:5); Santiago lo llama “el Padre de las luces” (Santiago 1:17). A Jesucristo se le llama el “sol de justicia” (Malaquías 4:2), y la “luz del mundo” (Juan 1:9; 8:12). A la Palabra de Dios se la refiere como “lámpara para los pies” y “lumbrera para el camino” (Salmo 119:105). A los creyentes, Jesucristo les llamó “la luz del mundo” (Mateo 5:14) comparando su influencia sobre las personas con la acción provechosa del sol sobre el planeta. En toda la Palabra de Dios el término luz está asociado a lo que es santo, puro, bueno, piadoso, provechoso, verdadero y celestial. Lo contrario a la luz se conoce como oscuridad o tinieblas, y esto está asociado a lo malo, lo impuro, lo perjudicial, lo profano e impío, la mentira y todo lo que es del maligno.

Nuestro Dios es luz. Iniciando su primera carta, el apóstol Juan escribió la siguiente declaración: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5), enfatizando que ése era el mensaje que habían escuchado del Maestro y el mismo que ellos se habían dispuesto a anunciar a los creyentes. El pueblo antiguo de Dios lo reconocía como la luz que disipaba todo temor (Salmo 27:1) y como el sol y el escudo que los mantenía a salvo de cualquier enemigo (Salmo 84:11). Al final de la historia de la humanidad, cuando los salvados estemos habitando con nuestro Señor y Redentor, en el lugar donde estemos no tendremos necesidad de luz de lámpara ni de luz de sol, porque Dios el Señor nos iluminará (Apoc. 22:5). Nuestro Dios es luz, está en luz, habita en luz inaccesible y ha prometido ser luz perpetua para su pueblo (Isaías 60:20). Los que confiamos en el Dios eterno y verdadero tenemos la promesa de ser alumbrados y no ser avergonzados, por haber fijado nuestra mirada en él (Salmo 34:5).

Cristo es luz. Jesucristo como el enviado del Padre, Dios con nosotros; es la revelación a los seres humanos del Dios eterno que es luz. Es en Jesucristo que podemos ver la plenitud de la luz de Dios. Hablando de la llegada del Mesías prometido, el profeta Isaías escribió: “El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos” (Isaías 9:2 LBLA). El apóstol Juan nos afirma que la luz traída por Cristo a los seres humanos era la vida que estaba en él mismo: “Aquélla luz verdadera, que alumbra a todos los hombres venía a este mundo”; “en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4 y 9). Ya en su ministerio entre los seres humanos, Jesucristo se describió a sí mismo como la luz de la humanidad: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Jesucristo es la luz enviada del Padre. Él mismo dijo a sus discípulos: “Yo, la luz, he venido al mundo para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46). Nuestras vidas estaban sumidas en completa y eterna oscuridad, pero él nos dio vida, trasladándonos de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9). Noten en el siguiente texto la congruencia del Padre eterno con su hijo Jesucristo en cuanto a su esencia e intención relacionada con la obra de salvación: “Porque Dios que, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4:6).

Los creyentes somos luz. Las razones por las que podemos aseverar que tú y yo somos luz son: primero porque Jesucristo, la luz del mundo, vive en nosotros, y segundo porque el propio Maestro nos definió como los agentes que dispensan su luz en el mundo: “Vosotros sois la luz del mundo…” (Mat. 5:14). Los creyentes tenemos el llamado de resplandecer como luminarias, así como el sol, la luna y las estrellas influyen sobre la vida del planeta tierra. El apóstol Pablo lo recomendaba a los filipenses de la siguiente manera: “…sean irreprensibles y sencillos, e intachables hijos de Dios en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual ustedes resplandecen como luminares en el mundo” (Filipenses 2:15). Así como mandó el Señor a Pablo y a Bernabé, los hijos de luz hemos sido puestos para mostrar la luz de Dios a los que están en tinieblas, llegando a ser para salvación hasta lo último de la tierra. Hablando sobre el regreso de Cristo, el apóstol Pablo amonestó a los creyentes de Tesalónica diciéndoles: “…todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas” (1 Tesal. 5:5).

La oscuridad compone el entorno preciso para la comisión de obras de maldad. El ser humano, quien regularmente se complace en sus obras malas y en los actos que son contrarios a la voluntad de Dios, se siente más cómodo con las tinieblas que con la luz. La tendencia del mundo pecador es a rechazar la luz porque ella pone en evidencia sus actos pecaminosos, y esto lo mantiene en un estado de condenación y perdición eterna. Así lo expresó el apóstol Juan cuando se refería a Jesucristo como la luz que vino a este mundo: “Y ésta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no se acerca a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sea evidente que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:20-21 RVC). Los creyentes hemos sido enviados a ser una luz notoria entre las tinieblas que arropan a este mundo.

La iglesia es un cuerpo luminoso. El cuerpo de los creyentes en Cristo puede compararse con una ciudad asentada en la cima de una montaña; es imposible no verla cuando acaece la noche pues está iluminada, sobre todo con todas las tinieblas que hay a su alrededor. Mientras más patente sea la oscuridad, más evidente será la luz que haya en ella, pues las propias tinieblas harán resaltar su luz. El impacto esperado de la Iglesia de la luz es que alumbre a todos, cual una lámpara que está colocada en un lugar estratégico. La luz de Dios se evidencia en obras y frutos de luz, beneficiosos para todos los seres humanos.

Uno de los desafíos más significativos que enfrenta la Iglesia del presente es que en ella se tiene que lidiar con la inconsistencia entre el hecho de ser luz y tener que albergar creyentes que viven como si no lo fueran. Esto ha sido una constante en toda la historia de la iglesia. Pablo invitaba a los creyentes de Roma a desechar las obras de las tinieblas y a vestirse las armas de la luz (Rom. 13:12). Ningún creyente que tenga una relación de comunión con Dios anda en tinieblas, de modo que los que se dicen ser creyentes y evidencian en sus vidas las obras de las tinieblas son mentirosos y no practican la verdad (1 Juan 1:6). A los efesios escribió el apóstol Pablo diciéndoles: “…en otro tiempo erais tinieblas, más ahora sois luz en el Señor, andad como hijos de luz” (Efe. 5:8). En este texto el verbo andar está en modo imperativo, lo que implica un mandato a cumplir.

La Iglesia de Jesucristo tiene que impactar al mundo de la misma manera como la luz impacta a la oscuridad; pero si la luz es tenue, la oscuridad puede convivir con la luz, produciéndose lo que se conoce como penumbra, que es una sombra débil entre la luz y la oscuridad que no deja percibir donde empieza la una o acaba la otra. Una iglesia con una luz que casi no se percibe, hace que se disminuya el alcance de los beneficios eternos que proporciona Jesucristo como la Luz del mundo. Es la Iglesia que, como el cuerpo de Cristo muestra al mundo las obras, el poder y la gracia de Dios. Si la Iglesia muestra la luz de Cristo de manera débil y tenue, estará mostrando un Jesucristo disminuido y no estará santificando el nombre del Señor frente al mundo.

La Iglesia tiene que marcar distancia clara con el mundo, así como la luz se separa de las tinieblas y el día de la noche. Santiago fue categórico cuando planteó que “la amistad del mundo es enemistad hacia Dios” y que “el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4). El apóstol Pablo exhortó a los efesios diciéndoles: “No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas;…todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo” (Efesios 5:11, 13). Una iglesia que anda a media luz o camina en penumbras, nunca podrá contrarrestar con eficacia las obras vanas e infructuosas de las tinieblas.

Ser o no ser. Siendo que la luz desplaza a la oscuridad, no hay manera que ésta prevalezca sobre ella. Sin embargo muchos insisten en decir que son luz cuando sus actos se parecen más a los de los hijos de las tinieblas. Eso pasa porque el ser humano es propenso a auto engañarse. No hay nada más sutil que el auto-engaño pues lo que el ser humano desea es lo primero que cree. Su barco puede estar hundiéndose y se dice a sí mismo que no es cierto, sino que el mar es el que está torcido. El auto-engaño hace que la gente se crea sus propias mentiras. Si alguien se cree ser luz y se comporta como oscuridad, a sí mismo se engaña (Gálatas 6:3).

El ojo humano es un órgano que detecta la luz y es el instrumento fundamental del sentido de la vista. Sin luz, nuestros ojos no pueden convertir la energía lumínica que atraviesa la retina en señales eléctricas que luego serán enviadas al cerebro a través del nervio óptico, permitiéndonos ver. En una persona ciega nada de esto ocurre. Jesús dijo a la gente que la lámpara del cuerpo es el ojo. Tomamos decisiones por la información que ingresa a nuestra mente mediante el sentido de la vista, por eso decía Jesús a la gente: “cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando está malo, también tu cuerpo está lleno de oscuridad. Mira, pues, que la luz que en ti hay no sea oscuridad. Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, sin tener parte alguna en tinieblas, estará totalmente iluminado como cuando la lámpara te alumbra con sus rayos” (Lucas 11:34-36).

Dependiendo cómo dejen pasar la luz, los cuerpos se clasifican en transparentes (aquellos que dejan pasar casi toda la luz que incide en ellos, permitiendo ver los objetos con nitidez); traslúcidos (aquellos que dejan pasar una porción de la luz, lo que no permite ver los objetos con nitidez); y opacos (aquellos que impiden el paso total de la luz, por lo que nada puede verse a través de ellos). Si comparamos estas cualidades de los cuerpos con los creyentes, podemos entender que en la iglesia cristiana puede haber: a) creyentes que dejan ver a Cristo de manera nítida; b) creyentes en los que no se puede ver a Cristo con nitidez; y c) “creyentes” en los que Cristo no se ve de ninguna manera.

Hoy más que nunca tenemos el desafío de ser luz. Como cartas abiertas, tanto los creyentes que nos rodean como los no creyentes deben poder leer a Cristo en nosotros, sin ninguna distorsión, por lo que estamos compelidos a proyectar una imagen adecuada del carácter de Cristo tanto en el ser como en el andar. Si Jesucristo es nuestro Señor y Salvador, no tenemos otro camino que ser luz así como él es luz.

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