Hombres versus Mujeres en el Liderazgo

mayo 1, 2017

Liderar es una capacidad humana y, a la vez, un don espiritual. Como capacidad humana es impulsar y movilizar personas y recursos hacia el logro de un objetivo común; como don espiritual es gracia de Dios manifestada en capacidad para presidir a manera de vocación, llamado y ministerio. Cuando el Señor creó al ser humano “los bendijo y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre… todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:28 LBLA). Las acciones de sojuzgar y ejercer domino están ligadas a capacidades de liderazgo que, conforme al texto bíblico, fueron dadas igualmente tanto a Adán como a Eva.

Debido a la influencia de patrones culturales y tradiciones, las sociedades han sido más intencionales en desarrollar y dar más preponderancia al liderazgo masculino que al femenino, y esta práctica se ha extendido a muchas iglesias y ministerios cristianos. La capacidad para liderar fue impartida por el Creador al ser humano sin importar su condición de hombre o mujer. Si el mandato de “ejercer dominio” fue dado a los dos únicos seres humanos que existían en aquél momento, es obvio que la acción de dominar estaba referida, de ellos, con respecto al resto de lo creado, y que tal dominio no debía ejercerse entre ellos. Es luego de la caída en pecado que los seres humanos combaten por ejercer dominio sobre lo creado, y por dominarse el uno al otro.

Nos parece que, en la iglesia, no deberíamos hablar de liderazgo masculino o liderazgo femenino, más bien de la capacidad para liderar que el Señor impartió a los creyentes sin importar su sexo. Para reafirmar esto, examinemos en detalle los siguientes tres principios bíblicos:

  1. En Cristo no hay hombre ni mujer. La iglesia es un cuerpo compuesto por hombres y mujeres salvados por la gracia de Dios y el sacrificio de Jesucristo; es una nueva creación en la que “no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer”; donde todos somos uno en Cristo Jesús. La iglesia tiene como piedra angular a Jesucristo, está edificada sobre el fundamento que dejaron los apóstoles y profetas, y se sostiene con el accionar del Espíritu a través de las actividades propias de los creyentes que han sido habilitados con su unción y sus capacidades. Los dones del Espíritu Santo son dados a los creyentes, sin importar su sexo. En ninguna parte de Las Escrituras se dice ni se insinúa la existencia de dones exclusivos para los hombres o exclusivos para las mujeres, aunque los dones espirituales pueden diferir de creyente a creyente (Rom. 12:6).

  1. El Señor llama y capacita para el liderazgo, sin importar si se es hombre o mujer. Dios ha colocado los miembros en el cuerpo de Cristo como a Él le agradó (1 Cor. 12:18). El Espíritu Santo hace operar sus ministerios y reparte sus dones, distribuyendo gracia individualmente a cada uno según la voluntad del Padre (1 Cor. 12:11). Tanto en la creación original como en la nueva creación en Cristo, los hombres y las mujeres reciben la misma gracia de Dios, que los habilita para ser sus instrumentos, aunque les han sido asignados roles diferenciados en la familia, la sociedad y la iglesia. En lo concerniente al liderazgo, los hombres y las mujeres no son contrarios ni competidores sino colaboradores complementarios.

  1. La gracia de Dios es la que capacita a un hombre o una mujer para el liderazgo. ¿Deberíamos hacer distinción entre el liderazgo femenino y el liderazgo masculino en la iglesia? Quien hace líderes a los creyentes ¿distingue entre uno y otro? Quien habilita a los creyentes para el ejercicio del liderazgo ¿toma en cuenta si se es hombre o mujer para proceder? ¡Obviamente que no! Los patrones de liderazgo del mundo no deberían pautar quién es líder en la iglesia, ni proponer la manera en que se ejerce el liderazgo en la misma; el apóstol Pablo dijo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:2). Cuando la gracia capacitadora de Dios, en un creyente, armoniza con una combinación de atributos, cualidades, conocimientos, capacidades, competencias, habilidades, destrezas y experiencias, el resultado es un líder o una líder útil al Señor y dispuesto para toda buena obra.

Finalmente, tenemos que reconocer que en nuestras iglesias hay una infinidad de mujeres, de todas las edades, que Dios ha colocado en el cuerpo de Cristo, y las ha llamado para el ejercicio del liderazgo. Todas son instrumentos que Dios para glorificar a Jesucristo, edificar su iglesia y alcanzar a los perdidos. Lo recomendable es que las iglesias sustituyan la improvisación por la planificación, definiendo estrategias adecuadas que les permitan fortalecer y desarrollar, igualmente, las condiciones de liderazgo de sus hombres y mujeres llamados al liderazgo.

Lo más importante es ser lo suficientemente intencionales en formar, equipar, ocupar y desarrollar a todos los hombres y mujeres que tienen potencial y condiciones de liderazgo. Es necesario que en la iglesia sea de alta prioridad el equipar los ministerios con siervos y siervas líderes que tengan integridad moral y espiritual, idoneidad de carácter y sólida formación doctrinal.

 

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