Una Vida de Fe

marzo 28, 2017

El justo vivirá por la fe” (Gal. 3:11) es una poderosa declaración de la Palabra de Dios que muchas veces ha sido mal aplicada en algunos círculos cristianos. Para poder entender lo que implica una vida de fe, es necesario que entendamos a lo que nos estamos refiriendo cuando empleamos la palabra fe, pues muchos creyentes la usan de manera indistinta, para describir tanto el medio único de salvación, como un acto de confianza, una creencia religiosa y un don espiritual.

Fe es creer para justicia y salvación. En el antiguo pacto, la justicia de Dios le fue imputada a Abraham por haber creído a Dios: “Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia” (Gal. 3:6; Rom. 4:3). En el nuevo pacto, la fe es el medio para obtener en Jesucristo justificación, reconciliación y paz para con Dios (Rom. 5:1). Esta es una fe que se obtiene por “el oír la Palabra de Dios” (Rom. 10:17). Ninguna práctica religiosa tiene valor alguno para salvación, sino la fe (Gál. 5:6). Esta fe es imprescindible para creer en Dios, acercarse a él y agradarle. (Heb. 11:6), así como para abrirnos la puerta de la vida eterna, librarnos de la condenación, y pasarnos de un estado de muerte, a una condición de vida verdadera (Juan 5:24; 6:40). Este paso es pre-requisito para dar inicio a una auténtica vida de fe.

Fe es confianza en el poder y las promesas de Dios. En una ocasión a los discípulos fue imposible liberar a un muchacho endemoniado, y cuando preguntaron la causa, el Maestro les dijo: “Por vuestra poca fe;…si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mat. 17:20; 21:21, 22). Para los creyentes en Jesucristo, actuar sin base en la fe se convierte en una falta de confianza en el Señor, y una falta grave porque “…todo lo que no proviene de fe, es pecado” (2 Cor. 5:7). Los seres humanos queremos siempre tener certeza de todo, y somos más fácilmente convencidos por lo que alcanza a ver nuestros ojos; es por eso que se nos hace tan complicado llevar una vida de fe, aun siendo moradas del Espíritu de Dios. La confianza en el poder de Dios hace posibles las cosas imposibles, pues “…al que cree todo le es posible” (Mar. 9:23). Con una vida de fe se pueden conquistar reinos, tapar bocas de leones, hacer justicia y alcanzar promesas (Heb. 11:33).

Una vida de fe es el antídoto contra la duda y la incredulidad. La fe y la duda son incompatibles; donde está una, la otra no puede habitar; una desplaza a la otra. El apóstol Santiago confirma esto diciendo: “Pero pida con fe, no dudando nada…” (Stg. 1:6). Con el incidente de duda de Tomás, Jesús dio un lección de fe a sus discípulos, que también es muy útil para nosotros hoy: “…dijo a Tomás: Acerca aquí tu dedo, y mira mis manos; extiende aquí tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.  Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron” (Juan 20:27-29).

Una vida de fe garantiza que, mientras vivamos en esta tierra, nuestra mirada se mudará de lo temporal a lo eterno y verdadero; así lo afirmó el apóstol hablo a los corintios: “…las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. (2 Cor. 4:18). Una vida de fe es lo único que nos puede dar la resistencia suficiente mientras corremos el maratón de la vida espiritual: “por fe andamos, no por vista” (2 Cor. 5:7). “Porque en esperanza hemos sido salvos, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve?” (Rom. 8:24). Es mediante una vida de fe que podemos disfrutar de una existencia sin ansiedades ni estrés, y obtener la firmeza necesaria para hacer huir de nosotros al enemigo y repeler sus acechanzas. “…Sed de espíritu sobrio, estad alerta. Vuestro adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar. Pero resistidle firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo” (1 Ped. 5:7-9). En un una vida de fe tenemos una inexpugnable arma defensiva, un escudo para inutilizar los ataques del maligno (Efe. 6:16).

Finalmente, cuando llevamos una vida de fe, podemos servir de soporte a aquéllos que estén pasando por tribulaciones y situaciones diversas (Hechos 14:22). Las dificultades y las tribulaciones son el crisol para probar nuestra fe y templar nuestro espíritu. “…para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; a quien sin haber le visto, le amáis, y a quien ahora no veis, pero creéis en El, y os regocijáis grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo, como resultado de vuestra fe, la salvación de vuestras almas”. Una vida de fe es lo mantiene viva la esperanza que tenemos en Cristo Jesús (1 Ped. 1:7-9).

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